La izquierda, y en particular su versión “woke”, llegó a convencerse de que el lenguaje siempre terminaba por imponerse a la realidad. Que nombrar era, en sí mismo, transformar. Que resignificar bastaba para desplazar estructuras de poder. Que declarar una identidad equivalía a producir un sujeto. Hoy vale la pena poner en duda esa certeza. No porque el lenguaje no importe —importa y mucho—, sino porque cuando se sobredimensiona, cuando se lo convierte en sustituto del conflicto, del poder y de la transformación material, lo que se debilita no es solo la política: se debilita la capacidad misma de disputar la realidad.
Cuando una sociedad deja de transformarse y se limita a declararse, se vuelve débil. El sujeto deja de construirse, deja de endurecerse, deja de atravesar conflictos reales. Pasa a definirse solo por lo que dice ser. Eso no fortalece: eso fragiliza. Y una sociedad frágil es el terreno perfecto para cualquier poder autoritario.
El segundo error es aún más grave: negar la razón de fuerza. La izquierda “woke” se convenció de que basta con tener razón para vencer al poder. De que basta con denunciar, funar, cancelar, moralizar. Pero el poder no funciona así. Hoy mandan liderazgos que no juegan al debate, sino al control: orden, disciplina, decisión, eficacia. No gobiernan convenciendo; gobiernan imponiendo.
Frente a ellos, una izquierda que renuncia a disputar poder en sus reglas más elementales queda reducida a testigo de su propia derrota. Ofrece diversidad, sensibilidad, fragmentación. El autoritarismo ofrece estructura, dirección, mando. Y frente a un mundo caótico, un electorado cansado termina eligiendo estructura, incluso cuando eso cuesta libertades.
El tercer error es no entender el nuevo teatro donde hoy se hace la política. Seguimos hablando como si viviéramos en una plaza pública racional, cuando actualmente estamos atrapados en un sistema de sobreinformación, algoritmos, saturación emocional, manipulación constante y mercados que se esconden detrás de la idea de libertad digital.
Las redes no informan: excitan. No ordenan: desordenan. No politizan: agotan. Y un ciudadano agotado no busca argumentos: busca protección. No busca programas: busca autoridad. Por eso hoy no gana quien mejor cuestiona al poder, sino quien promete ejercerlo mejor.
Esta no es solo una crisis de la democracia. Es una crisis del sujeto político, pero atravesada por una fractura social brutal: mientras una parte de la sociedad discute identidades y símbolos, millones de personas aún carecen de derechos básicos para la protección frente al abuso.
Y cuando la democracia no entrega protección a los más vulnerables, pasa lo inevitable: el electorado agotado no vota contra el poder; vota por el poder. No vota por quien lo denuncia, sino por quien promete ejercerlo sin complejos.
La izquierda “woke” no está perdiendo por una conspiración externa. Está perdiendo por sus propias cegueras: confundió discurso con realidad, moral con poder, comunicación con algoritmo. Mientras discute identidades, los autoritarismos ordenan la economía, la seguridad, la tecnología y la vida cotidiana.
Organizarnos en torno a esas coordenadas es evidentemente el desafío. Lo singular, aunque no es novedad, es hacerlo desde la oposición en la mayoría de los países.